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“Dejadme que sea pesado, que ya sé que soy muy pesado y que siempre digo lo mismo, pero yo soy vendedor. Este es el oficio de vender, y a mí me hace sentir muy orgulloso vender. Y vender es muy importante. Es poner de acuerdo a dos partes. Y hoy, más que nunca, es muy importante poner de acuerdo. Vender es el comercio, poner de acuerdo. El año pasado, Antonio Escohotado, en una charla que tuvo la bondad de tener con nosotros, nos llamó ‘emisarios de la paz’. Eso es el comercio, de verdad, creedme. ¿Creativos? Sí, mucho. ¿Creatividad? Muy bien, pero vendemos, estamos aquí para vender. Como hacía Miguel Ángel, como hacía Toulouse-Lautrec, y como hace el vendedor de alfombras del Gran Bazar de Estambul. Somos de esos, somos de esa estirpe. Una estirpe maravillosa. Y no hay que sufrir por ello, al contrario, hay que estar orgullosos. Hemos colaborado los últimos años en construir este país, en la riqueza de este país, y ahora hay que construir lo que venga. Y ahí estamos nosotros, los publicitarios, los vendedores, creando riqueza y creando valor”.

Estas palabras del discuro de Toni Segarra tras recoger el premio CdeC de Honor en el último CdeC, es una de las mejores piezas de comunicación de las que se vieron aquella noche en el Kursaal de San Sebastián. No fue de las que se premiaron con metales, pero sí se premió con más de una y más de dos ovaciones.

Estas palabras nos pueden llevar a reflexionar sobre un montón de cosas que nos afectan a todas las personas que trabajamos en el sector de la publicidad, y también a todas las que quieren trabajar en él.

Esta industria, por motivos históricos y de muchos más tipos, ha generado unas expectativas sobre cómo es trabajar en ella en quienes empiezan o van a empezar, que no es que sean demasiado altas, sino que simplemente ponen el foco en cosas que ya no existen o que, incluso, a lo mejor nunca existieron.

Con la publicidad (y seguramente con muchas otras profesiones, pero aquí estamos hablando de esto, así que se hace aquí este disclaimer para no tener que hacerlo más en todo el texto) ocurre lo contrario que con las profesiones que queremos ser cuando somos pequeños. Romantizamos ser bomberos, astronautas, policías o veterinarios, crecemos, y nos damos cuenta de que igual no es todo tan bonito ni divertido como en las películas.

Pero pocos niños piensan en trabajar en publicidad. Principalmente porque en general no somos conscientes de que se puede trabajar haciendo anuncios. La romantización llega después, cuando toca elegir carrera y esas cosas.

Se romantiza porque se supone que es un oficio que mola. Y por supuesto que mola, pero mola de una manera diferente a la que muchos esperamos. Mola por lo que es, con lo bueno y lo no tan bueno, y no por lo que a muchos les gustaría que fuera.

Se romantiza porque la vida creativa, así planteada, es atractiva. Y si la aderezamos con premios, grandes campañas, un poco de Don Draper y de nostalgias de épocas que nunca vivimos, pues lo es todavía más.

La publicidad no es así para la enorme mayoría de personas que se dedican a ella. O para nadie, más bien.

¿Y qué es lo mejor de que esto sea así? Que no pasa absolutamente nada. Que no haya fuegos artificiales cada x tiempo no lo convierte en una condena. Porque trabajar no va de fuegos artificiales. Aunque parezca contradictorio, trabajar desde la realidad de la industria, asumiendo de verdad como parte del día a día lo que menos nos gusta de ella, puede ser un buen camino para tener todavía más ganas de estar en publicidad.

Por eso, ¿por qué no reconocer la publicidad como un trabajo más? ¿Por qué no valorar mucho más su parte más artesana, más cotidiana? ¿Por qué no quitarnos importancia dándosela a cosas que también la tienen y de las que apenas hablamos? ¿Por qué no intentar tener mucho más presente que la publicidad no es nada más y nada menos que un trabajo?

Y ya por rizar el rizo, ¿por qué no convertir esta bajada a la Tierra en los auténticos fuegos artificiales de esta industria?

Los publicitarios somos vendedores, y por lo tanto somos trabajadores. Intentamos, como tantísima gente, hacer nuestro trabajo  de la mejor manera posible. Ser consciente de esto nos pone los pies en el suelo, nos hace darnos cuenta de nuestra posición, nos debe enseñar a valorarla, a celebrarla de algún modo incluso, y nos debe motivar casi más que cualquier otra cosa. Tenemos la responsabilidad de dignificar de verdad un oficio creativo que, a día de hoy, quizás lo que le da más valor es lo que menos se ve.

Estemos orgullosos de la excelencia creativa, tengamos ganas de hacer cosas relevantes y rompedoras y que construyan marcas. Valoremos aquellas cosas que hacen especial a esta profesión, que hacen que sea una gran suerte poder dedicarse a ella.

Pero estemos también orgullosos de lo que menos nos apetece. De pintar ese banner o de escribir esa newsletter. Reconozcamos nuestro trabajo, no lo tiremos por el suelo. Porque una carrera en publicidad no está bien solo si hay premios y billones de impresiones. No está bien solo si trabajas en según qué agencia.

annatw

Reconozcamos el valor de hacerlo cada día lo mejor que podamos y aprendamos al mismo tiempo a relativizar y a quitarle importancia a las cosas. Y que todo eso traiga consigo lo que tenga que traer.

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